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-yo debería llamarme Nadja
-¿por qué?
-Nadja es una mujer de arena y nieve
-¿y vos de qué sos?
-no sé. de polvo estelar y piel
puse mi cara entre sus piernas y la olí
.
CRÓNICAS MARTIANAS
-por Sasha-
vos y yo somos Marte desfachatado. somos los días de la moribundia
mirame. mirame bien
mirame donde me tenés. con el cuerpo lleno de amnistía y promesas y fracasos fundiendo el tiempo en la cama y la nieve todo tan escarlata
mirame alejarme con cada nave que despega y atraviesa mi pecho como un tren y yo cada vez más lejos lejana alejada
quiero convertirme en marciana, mirarte con sus ojso rojizos y de piel cruda. aceptar la lengua de la colonia y morirme cuando hayamos aceptado la ruina
hay risa en todo esto, y si no lo ves es porque sos muy tonto. tan tonto como para decirme que me amaás o que no me amás y yo creerte siempre. porque en Marte no importa. Marte es el lugar donde termina el mundo y se acabó
se cierra un piélago y ensías sed y avenidas autos abandonados en Sainuro una nave caída el río el cráter
oh, el cráter ¿lo ves?
miralo bien. acá es el lugardondeseterminaelmundo,
Sasha:;;
vos y yo somos Marte desfachatado. somos los días de la moribundia
mirame. mirame bien
mirame donde me tenés. con el cuerpo lleno de amnistía y promesas y fracasos fundiendo el tiempo en la cama y la nieve todo tan escarlata
mirame alejarme con cada nave que despega y atraviesa mi pecho como un tren y yo cada vez más lejos lejana alejada
quiero convertirme en marciana, mirarte con sus ojso rojizos y de piel cruda. aceptar la lengua de la colonia y morirme cuando hayamos aceptado la ruina
hay risa en todo esto, y si no lo ves es porque sos muy tonto. tan tonto como para decirme que me amaás o que no me amás y yo creerte siempre. porque en Marte no importa. Marte es el lugar donde termina el mundo y se acabó
se cierra un piélago y ensías sed y avenidas autos abandonados en Sainuro una nave caída el río el cráter
oh, el cráter ¿lo ves?
miralo bien. acá es el lugardondeseterminaelmundo,
Sasha:;;
la vida invisible en Orestes
28
hay una laguna. un borde que se abisma. una forma de espada y estrella. rompiente y cedro. todo lo que la noche no admite. la noche definida en éste pueblo que no admite noche sino un aplicado sueño. un sueño devorador, que trague todo lo que los verleneses llaman pecado. en este lugar, es mi cubil la deformación. la desintegración de las tareas de las horas. una profunda negación
acabo de eyacular. todo mi pasado puede evaporarse ya. no mataré a nadie. no suicidaré a nadie. perdonaré y olvidaré como lo haría un dios marciano. y al hacerlo, me convertiré en adulto y aborigen. y podré irme sin que mi partida admita la palabra huída ni la palabra exilio ni la palabra destierro. tampoco será búsqueda. soy Orestes, soy aborigen. y estoy solo. soy un dios y decreto que aquí, con esta palabra, empieza mi vida
(dentro de tres días, juntaré mis souvenirs y recuerdos, los pondré en bolsas de basura y los enterraré en el cráter, donde ni el río ni el mar llegan. la tierra se encargará del olvido y el tiempo de la inexistencia)
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la vida invisible en Orestes
26
sin piedad el impune. como no quda nada, nada vendrá y a nada voy. lo importante es moverme. ahora, cerca del final, me vienen recuerdos, como una nostalgia más bien ajena. no puede ser otra cosa que el instinto de superviencia de Orestes, que intenta retenerme. vuelven las difusas imágenes de mis padres corriendo, de la mano, por la avenida Sur. y el sol terrible que los acompañaba o los tragaba o me rechazaba a mí. esa última imagen de ellos corriendo, que por mucho tiempo no supe si jugaban o huían o sólo estaban apurados. era una incertidumbre que me tenía sin cuidado y conocer la verdad de mi tía no cambió nada. esa fue siempre la última imagen de ellos. pero también recuerdo la primer lluvia de estrellas que vi, que se aprecian tanto en el cielo de Orestes (tal vez sea ésta su única ventaja o virtud) las veía caer y atravesar el cielo como insectos, luciérnagas veloces, kamikazes. el cielo iluminado tremendamente, de un amarillento fuego que se apagó fundiéndose con la oscuridad púrpura de la noche marciana. allí, sólo y derrochado, estuve bajo la legión de estrellas caídas pensando con el cuerpo que empezaba a entende algo sobre mi vda y asi gestaba mi primer futuro, que hoy es presente y promesa a la vez
confío en que es imposible retenerme. en la superficie, estos recuerdos inducitods solo refuerzan mi determinación. y en el fondo son razones para irme. porque si aún recuerdo, si conservo esa memoria, es que algo hago mal. porque no logré, en este tiempo de alejamiento, desprenderme de las pocas emociones que me ligan a este lugar, y que al fin y al cabo, son tan artificiales como cualquier otra cosa
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una palabra es lo que necesito para el fin justo, certero, y encontrar el momento bajo el cual logre perderme para siempre. encontrar el exilio casi fuga, después sepultarlo todo en el cráter y alcanzar el olvido y el anonimato definitivos que me abran el camino a lo que, por capricho, quiero llamar "la vida"... y que no es más que dejar este pueblo, esa gente, y todo recuerdo que contenga
hace unos días, por la mañana caminaba el pueblo, y pensaba: sé, en este momento sé que todo lo que vivo es prólogo de mi partida
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la vida invisible en Orestes
23
tengo un mapa estelar que robé de la escuela cuando era chico (uno de éstos días iré al cráter y mirando el cielo, marcaré todas las constelaciones que llegue a ver)
hay algunas fotografías que encontre en la calle
un cuchillo que usé para matar a un pájaro mal herido
una patita de pájaro sacrificado
una bombacha de ella que ella me dio
una cabeza de plástico que encontré en un arroyo
un teléfono viejo
un disco vinilo que me regaló un tío y no se puede escuchar
y algunas cosas más que, ahora pienso, si llegara a irme de acá, no llevaría o las llevaría al cráter y que ahí se las trague la tierra
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esta extraña molestia (y no culpo a nadie). siento una fuerte ira sin destino ni origen, sin brazos, nada. la ira flota como una lira. y parece tocarlo todo, manoseando. toca los recuerdos y las manos que me tocaron. toca monosílavos y mentiras. toca las puertas del infierno. y yo, solo, calladito, dejo fluir la ira errante, trotamundos y despreciable. no me contengo, no necesito gritar. tan sólo cerrar los ojos, no mirar ni oír. respirar como si estuviese vivo. como si viviera en algún lugar y dejarme flotar junto a mi ira de brazos azules, de pelos como plumas, de cabello como alas y melena de alto vuelo y boca noble. puedo lograrlo. decímelo. susurrame una respuesta inventada al oído. una excusa para escuchar a un recuerdo mentirme como la primera vez, mientras me dejo perder por la ira que lo abarca todo y forma cráteres donde no los hay. y deja estrellas donde no las hay. y rompe todas las cosas sanas y decentes de este pueblo
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(por mucho que lo intento (aunque en realidad no lo intento demasiado), no puedo despegarme de esta sesanción de final y de partida que tengo cada vez que me despierto y que me voy a dormir. esa sensación épica, magnánima, sinfónica y ceremoniosa. es Carmina Burana en el baño. es Hércules jugando con los soldaditos de plástico sobre la alfombra vieja, enorme y pseudopersa de la tía. es hacer un bollito de papel y arrojarlo con toda la fuerza del Sol. es romper con ira y furia divinas una hormiguita. es asumir que la dificultad de meter la llavecita pequeña en la ranura equivale a una guerra de dimensiones bíblicas... y aún así, por debajo de todo eso, como un arroyo chiquito, subterráneo; y por encima, como una capa de mayonesa, está mi indiferencia completa, exacta, precisa, matemática, dulce, y el deseo tenue de rajarme de Orestes)
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la vida invisible en Orestes
20
con el tiempo, hasta el pájaro se calla. ahora, panza arriba, redondo, amarillo, llenándose de la comida que le dejo. yo encuentro el silencio, o algo similar, alguna forma cruel del silencio mezclado con el olvido. empiezo a no nombrarla, o a olvidar cómo nombrarla. y cuanto más me alejo de ella y más me acerco al sentimiento, más duro se vuelve todo y más comprendo. y ella pasa a otro plano en la memoria y hasta el pájaro calla. cuando termine, cuando haya terminado con ella y con el pájaro, lo sé, estaré solo. porque no hay nadie más en mí. y no me interesa que nadie más este. y tal vez me vaya a vivir al cráter
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algún día saldré de acá, me convertiré en trotamundos rojo, abandonaré todo lo que Orestes signifique. no buscaré algo mejor. no buscaré nada. me iré sin más. tal vez dentro de muchos años. para ese momento estoy preparando una memoria, no escrita, más bien como un muestrario insensato de objetos, fotografías que expresen los momentos de este purgatorio. porque, una vez que deje Orestes y me exilie a cielo abierto, mi memoria jurará al mismo tiempo olvido y perdón. y nunca mas volverá a aparecer en mi mente
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siento cada detalle de mis dedos, todos los poros de mis manos. siento el peso de cada deseo y cada incumplimiento. y aunque me hice olvidar, también me obligo a sentir las pequeñas desgracias, los agravios amorosos, las descepciones inocentes, los momentos en que pensé o dije, como una declaración: SE ACABÓ. cada día que recuerdo y no, forma parte de mi cama (acompañado o no). todo se manifiesta en el segundo o tercer instante del orgasmo. acá, justo donde no hay estrellas y los cuerpos son negros, yo existo bajo una forma susceptible y frágil, y me siento vivo cuando algo raspa y cuando algo se rompe y cuando abandono, proclamando, casi sentenciando un para siepre dudoso, pero legítimo. en ese lugar estoy solo.porque hace millones de vidas, un meteoro prematuro cayó donde yo estoy y vació el rincón que hoy, me sirve de corazón a falta de uno propio (no soy melodramático, soy comediante)
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la vida invisible en Orestes
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después de ella, algo quedó de mi. un espejismo. y muchas formas predeterminadas de la presencia. y prendas de ropa dadas de baja deshonrosa, y las mentiras que le dije porque merecía esas mentiras, porque mi verdad siempre fue más sucia y ella merecía algo mejor. ella se fue y esas medias perdieron su significado. o alimentar al pájaro que alimentaba para que ella me viera alimentarlo, para que viera que además de ser el asesino serial que algunos decían que yo era, también me importaban las criaturas celestiales y lo sigo alimentando porque aún no tiene nombre. ahora que se fue, es mi memoria la que retiene una forma de vida que lograba aliviar el agujero de Orestes. y una tarde, mientras le daba el alpiste, me quité la camisa y sentí un olor humano en mi pecho (en realidad no sentí nada más que frío. pero pensé: se acabó, ella ya no está, no importa. ya no está. el pájaro está y está mi memoria)
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tantas coincidencias. tantos rasgos de vida primitiva y futuro. lo veo en las estrellas, como si mirara la cara de una mujer divina. veo y todo se corresponde. "como es hacia arriba es hacia abajo". me tiro en el suelo muerto del cráter sin nombre, y miro. todas las constelaciones de Marte.
la constelación de la Ojota. la constelación de la Bicicleta. la constelación de Metatrón. la del Paraguas Perdido. la de los Dos Enemigos. la del Juntacadáveres. la constelación de Etcétera. y otras. todas las que llegan a verse desde Orestes, desde el cráter que pronto tendrá nombre, donde mi cuerpo yace (qué palabra "yace", tan dramática, tan literaria y mentirosa, tan poderosa palabra que hace de un cuerpo toda una tragedia) silencioso y semiderrotado/acabado, contemplativo. abierto. tan quieto que el planeta me arrastra hacia cualquier confín. con tal de estar vivo bajo estas decrépitas constelaciones, asumo el exilio que supone vivir en Orestes, lugar del cual te vas si querés: aquí no existe el destierro
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la vida invisible en Orestes
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(el gran cráter)
estoy acostado acá donde no hay mundo nada importa. soy Cristo y Cristo se masturba. soy mi propio reflejo en el mundo. una aborrecible estrella terrenal un mapa sin nombres ni caminos una constelación de perdición. soy una lista interminable de palabras sin sentido. yo soy la conjugación de un verbo perfecto que no dice nada. yo soy. soy el retrato de un momento en que el mundo se hunde entre mis piernas, nace una vagina y fluye el final. todo me dice el nombre de la muerte que olvidé porque aprendí a vivir de mi cuerpo. me alimento de éste vacío orgasmo y el resto de los nombres son pirámides huecas, monolitos flotantes que gimen a mi alrededor. soy un EGO perdido en el laberinto del desierto y el océano. la eternidad. espalda abierta. dos muslos aplastan una galaxia. estoy listo para abrir mi cuerpo y convertirlo en polvo de estrellas, devolverlo al origen. volver yo al estado sin razón. el síntoma masturbatorio, mi templo. mi condición. mi anomalía. mi virtud. la apertura. conozco todos los signos bajo el camino de mi sexo:
efeso
esmirna
pérgamo
tiatira
sardis
laodicea
filadelfia
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la vida invisible en Orestes
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la flor rezagada en la espera de un rincón del cubo de Metatrón. olía a mirada parda y dejaba entrever cicatrices sexuales y fragmentos de camas ajenas, de sueños que contó mucho antes y de cuerdas tensas que gritan como gatos en la hora H.
yo preparo mi cuerpo para la aventura sin vuelta, de brújula de sentido único y constelación asimétrica. mi cuerpo, con él cual guardo una relación femenina, indica el lugar del tesoro invisible .(la mirada del idiota). el signo bajo el cual abro la boca y muestro mis colmillos de sarro y café que acarician y las fauces en mis manos
yo preparo mi cuerpo para el encuentro bajo la caída. después de la caída. éste limbo. éste Altazor criminal. ésta forma de virginizar mi cuerpo, última identidad
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la vida invisible en Orestes
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imparcial, el ángel asimétrico
noble causa de una caída. mi imperio.
no tengo pesadillas ni delirios. no me quedan visiones ni vidas narcóticas. soy en mí mismo un hombre simple. no tengo aspiraciones ni codicias. soy dueño de la porción del universo que me pertenece y no deseo más
hay una muñeca en mi cama. hay almohadones y restos de baba. todos los días escucho el mismo tema que suena como si fuera el nombre de un momento particular y único. un momento que se repite como se repetiría el río o el camino que, de hecho, no está a nuestro alcance. veo la luz, algunas sombras proyectadas, objetos innanimados, yo, la música, el dolor de cabeza. un ámbito de bienestar limitado, de crimen, mentira, amor, buenos modales y masturbación. acá soy capaz de sonreír sin cuerpo, porque soy uno solo con la habitación y la habitación es una con el mundo. el mundo es, de hecho, uno e inseparable. y yo me masturbo en su honor. y en verdad no
todos mis guerreros son estrellas caídas, signos asimétricos, emblemas imperfectos. sombras celestiales de la fiaca y ordenanzas subterránes de la pereza y la irresponsabilidad. pormenores, defectos, ejercicios sin memoria, sin sentido, sin objetivo, sin disculpa. nada para agregar al mundo más que spacios vacíos para no ser llenados más que con cosas inútiles. y después, formar una estrella que lleve tu nombre y luego otra con el mío. y al final, una constelación oscura reinando mi incertidumbre y mi vagabundeo
la vida invisible en Orestes
11
soy adolescencia. tengo los 17 años más largos de Marte. la longevidad me agarra desde la raíz de mis dolores ancestrales, mis anomalías congénitas, y mis angustias de madrugada. cada una de éstas flores del mal es una alegría. miro al cielo: escucho los estallidos que llegan desde el puerto de Sainuro y los relámpagos, y las naves que se fugan. y yo acostado sobre el color rojo de la nada. una mujer se imprimió en mi interior y ella no importa pero yo soy otro. esucho música que evoca guerras y cruzadas y me masturbo porque no amo nada más que mi masturbación y la nombro mientras me toco. veo sus ojosgusanos negros y brillantes y gemas y mis gemidos se acumulan en el cuello, entre la garganta y el abismo. el momento de acabar es el momento de la sinfonía
no. debo bajar de renglón y desdecirme de las últimas palabras y decir "NO". hasta aquí llega mi mano, hasta lo indecible. el resto es gemido. es la cara de ella deformandose en el semen. es su boca convirtiéndose en espalda y yo convirtiéndome en derramamiento y ella, vos, me mirás sin ojos porque están llenos de mi espíritu, y tal vez por eso no me sabés ver en mi estado más íntimo. no te atrevés a dar el paso hacia la última sinceridad
12
el dramatismo que se derrocha durante la masturbación es único e incomprensible. tan sólo Beethoven o Schubert son capaces de acercarse a la expresión de semejante fenómeno climático. y a mí me dan ganas de llorar por no poder convertir mis orgasmos en animales voladores
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soy adolescencia. tengo los 17 años más largos de Marte. la longevidad me agarra desde la raíz de mis dolores ancestrales, mis anomalías congénitas, y mis angustias de madrugada. cada una de éstas flores del mal es una alegría. miro al cielo: escucho los estallidos que llegan desde el puerto de Sainuro y los relámpagos, y las naves que se fugan. y yo acostado sobre el color rojo de la nada. una mujer se imprimió en mi interior y ella no importa pero yo soy otro. esucho música que evoca guerras y cruzadas y me masturbo porque no amo nada más que mi masturbación y la nombro mientras me toco. veo sus ojosgusanos negros y brillantes y gemas y mis gemidos se acumulan en el cuello, entre la garganta y el abismo. el momento de acabar es el momento de la sinfonía
no. debo bajar de renglón y desdecirme de las últimas palabras y decir "NO". hasta aquí llega mi mano, hasta lo indecible. el resto es gemido. es la cara de ella deformandose en el semen. es su boca convirtiéndose en espalda y yo convirtiéndome en derramamiento y ella, vos, me mirás sin ojos porque están llenos de mi espíritu, y tal vez por eso no me sabés ver en mi estado más íntimo. no te atrevés a dar el paso hacia la última sinceridad
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el dramatismo que se derrocha durante la masturbación es único e incomprensible. tan sólo Beethoven o Schubert son capaces de acercarse a la expresión de semejante fenómeno climático. y a mí me dan ganas de llorar por no poder convertir mis orgasmos en animales voladores
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(panacentaura de Marte)
-¿hay café?
-no importa
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-¿hay café?
-no importa
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( panacentaura de Marte )
-¿y tus papás murieron durante la guerra de Vietnam?
-no sé. no creo
-pero eran vietnamitas
-no
-eso me dijiste cuando nos conocimos
-no sé, era una broma. yo no sé de dónde eran mis papás
-pero al menos sabés que sos chino
-o japonés
-¿o taiwanés?
-sí, cualquier cosa, no sé. tengo ojos rasgados, hasta podría ser siamés o esquimal
-¿qué pasó con tus papás?
-no tengo idea. me dijeron que murieron mucho antes de que yo naciera
-eso no tiene sentido
-tampoco tiene sentido que estemos en Marte
-es cierto ¿entonces?
-¿entonces?
-¿tus papás? ¿no te dan ganas de saber quiénes fueron tus papás?
-no especialmente. ¿vos?
-yo sé quiénes fueron. viví con ellos hasta que me fui con vos
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-¿y tus papás murieron durante la guerra de Vietnam?
-no sé. no creo
-pero eran vietnamitas
-no
-eso me dijiste cuando nos conocimos
-no sé, era una broma. yo no sé de dónde eran mis papás
-pero al menos sabés que sos chino
-o japonés
-¿o taiwanés?
-sí, cualquier cosa, no sé. tengo ojos rasgados, hasta podría ser siamés o esquimal
-¿qué pasó con tus papás?
-no tengo idea. me dijeron que murieron mucho antes de que yo naciera
-eso no tiene sentido
-tampoco tiene sentido que estemos en Marte
-es cierto ¿entonces?
-¿entonces?
-¿tus papás? ¿no te dan ganas de saber quiénes fueron tus papás?
-no especialmente. ¿vos?
-yo sé quiénes fueron. viví con ellos hasta que me fui con vos
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( panacentaura de Marte )
en Buenos Aires habíamos estado jugando al fracaso, aceptando trabajos mal pagos y monótonos y tentando a la mala suerte al abandonarlos pronto y someternos otra vez a los clasificados y el envío masivo de curriculums vitae vía correo electrónico, sin poder ofrecer más que pocos años de experiencia insignificante y escasa mala voluntad. no nos interesaba rompernos la espalda para que un patrón que ni siquiera sabía nuestros nombres pudiera veranear en Punta del Este o el Caribe, o llegar en un Alfa Romeo a la oficina. ella era particularmente feliz en los trabajos al aire libre, haciendo mensajería, reparto de comida o poniendo a prueba sus pequeños dotes para la jardinería. una temporada trabajamos para el gobierno cuidando plazas. a veces yo paseaba perros. a veces empaquetaba cualquier cosa en alguna empresa de alimentos. y ahorrábamos todo lo posible para las épocas de desocupación. entonces aguantábamos hasta donde podíamos, forzando al hambre en nuestro favor y disfrutando de la escasa pero intensa libertad, la ausencia de responsabilidades y burocracias, y olvidábamos nuestros nombres por meses, cambiándolos por nombres de plantas o insectos o ciudades orientales
aquí, en Marte, no odiamos la forma del triunfo que nuestros padres nos inculcaron, pero tampoco buscábamos el hundimiento que nos habían pronosticado. yo estaba seguro de que siguiendo sus consejos, siendo decentes y teniendo un ingreso estable no comprometeríamos necesariamente nuestra libertad y hubiéramos sido más felices. a lo que ella contestaba
-¿ para qué ?
de modo que sin salida al cielo en nuestra habitación, y seguros de que el fracaso era un orden que nos brotaba de adentro y nos dejaba flotar, llegamos a Sainuro donde, sin ingenuidad, sabíamos no habría diferencia con Argentina. pero ganamos algo: una total carencia de memoria y origen. pudimos ser un trozo de hambre, sillones abandonados en las plazas y perros vagabundos del puerto. y no tuvimos nombre hasta que alguien nos lo preguntó. sobre la marcha nos enteramos de que una vida así era posible hasta cierto punto, y decidimos perseverar hasta atravesar ese punto límite. no éramos masoquistas, pudimos soportar ciertas angustias y dolores como el precio de ser semejantes a invisibles, ser completamente nada. en el límite no estaba la miseria, la suciedad, ni siquiera los cigarrillos que fumábamos para engañar al estómago o los gramos de droga impura que conseguimos y tomamos para distraernos del cuerpo. en el límite estaba la humanidad, aquí o allá, no pudimos ignorar que el último origen era ese, la humanidad que nos hacía. y a veces lo insoportable de vernos mutuamente en tal suburbio de la vida. sin embargo, sonriendo, adueñándonos de Marte
aún teniendo un trabajo fijo, nos dimos el gusto de ser pobres, asegurarnos la casa y comida para al menos seis días de la semana. entonces empezó otro juego y otro fracaso, esa forma de mirar relojes y almanaques, de regirnos por las horas, los esfuerzos, las órdenes y el cansancio al final de la jornada
y no importaba, porque no teníamos nada y nada había fuera de nuestra cama
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en Buenos Aires habíamos estado jugando al fracaso, aceptando trabajos mal pagos y monótonos y tentando a la mala suerte al abandonarlos pronto y someternos otra vez a los clasificados y el envío masivo de curriculums vitae vía correo electrónico, sin poder ofrecer más que pocos años de experiencia insignificante y escasa mala voluntad. no nos interesaba rompernos la espalda para que un patrón que ni siquiera sabía nuestros nombres pudiera veranear en Punta del Este o el Caribe, o llegar en un Alfa Romeo a la oficina. ella era particularmente feliz en los trabajos al aire libre, haciendo mensajería, reparto de comida o poniendo a prueba sus pequeños dotes para la jardinería. una temporada trabajamos para el gobierno cuidando plazas. a veces yo paseaba perros. a veces empaquetaba cualquier cosa en alguna empresa de alimentos. y ahorrábamos todo lo posible para las épocas de desocupación. entonces aguantábamos hasta donde podíamos, forzando al hambre en nuestro favor y disfrutando de la escasa pero intensa libertad, la ausencia de responsabilidades y burocracias, y olvidábamos nuestros nombres por meses, cambiándolos por nombres de plantas o insectos o ciudades orientales
aquí, en Marte, no odiamos la forma del triunfo que nuestros padres nos inculcaron, pero tampoco buscábamos el hundimiento que nos habían pronosticado. yo estaba seguro de que siguiendo sus consejos, siendo decentes y teniendo un ingreso estable no comprometeríamos necesariamente nuestra libertad y hubiéramos sido más felices. a lo que ella contestaba
-¿ para qué ?
de modo que sin salida al cielo en nuestra habitación, y seguros de que el fracaso era un orden que nos brotaba de adentro y nos dejaba flotar, llegamos a Sainuro donde, sin ingenuidad, sabíamos no habría diferencia con Argentina. pero ganamos algo: una total carencia de memoria y origen. pudimos ser un trozo de hambre, sillones abandonados en las plazas y perros vagabundos del puerto. y no tuvimos nombre hasta que alguien nos lo preguntó. sobre la marcha nos enteramos de que una vida así era posible hasta cierto punto, y decidimos perseverar hasta atravesar ese punto límite. no éramos masoquistas, pudimos soportar ciertas angustias y dolores como el precio de ser semejantes a invisibles, ser completamente nada. en el límite no estaba la miseria, la suciedad, ni siquiera los cigarrillos que fumábamos para engañar al estómago o los gramos de droga impura que conseguimos y tomamos para distraernos del cuerpo. en el límite estaba la humanidad, aquí o allá, no pudimos ignorar que el último origen era ese, la humanidad que nos hacía. y a veces lo insoportable de vernos mutuamente en tal suburbio de la vida. sin embargo, sonriendo, adueñándonos de Marte
aún teniendo un trabajo fijo, nos dimos el gusto de ser pobres, asegurarnos la casa y comida para al menos seis días de la semana. entonces empezó otro juego y otro fracaso, esa forma de mirar relojes y almanaques, de regirnos por las horas, los esfuerzos, las órdenes y el cansancio al final de la jornada
y no importaba, porque no teníamos nada y nada había fuera de nuestra cama
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escuchás a Vilvadi
escuchás a Violeta Parra
escuchás el lado oscuro de Marte
fumás hasta descomponerte
fumás en cada comida
fumás después de hacer el amor
fumás cuando no hay tos
mirás el techo
mirás el color blanco
mirás mis ojos mirándote
mirás el humo del cigarrillo
mirás el disco dando vueltas
mirás tus piernas húmedas
por momentos parece que no queda nada. nada
-che… quiero hacer el amor otra vez
la primera tormenta fue relativamente leve. la nieve subió a unos cuarenta centímetros y el lago más cercano estaba congelado para la gente que gustaba de patinar sobre el hielo. eran pocos. supimos disfrutar esa nevada. los angelitos no se agotaban y a ella siempre se le ocurría cómo adornarlos, cómo darles una mirada, una voluntad de perdón, algo así como un rastro de memoria que la divirtiera.
volvíamos a casa fríos y de narices coloradas, con las manos quemadas. por alguna razón, nunca nos resfriamos
(panacentaura de Marte)
cuando llegamos a Sainuro lo primero que la entusiasmo a ella fueron las hojas de aquel árbol socié: rojizas o moradas y más grandes que la mano de un hombre muy grande. en aquellos días habitábamos las plazas de Sainuro y ella se colgaba como mono de los sociés. en otoño esas hojas se resecan tomando un color fuego que la volvían loca
ahora, las primeras nevadas fueron generosas como susurros. los copos eran duros y pequeños como caspa, pintaban un paisaje de invierno sombrío de un color rosa acuarelado o pastel. las calles de Sainuro tenían una delgada alfombra de aguanieve. nuestros pasos quedaban bien marcado, buchoneando el andar errante. en la plaza Circular, escribí mi nombre con orina y ella se tiró al suelo a hacer angelitos con las últimas hojas de otoño del socié. cuando nos cansábamos de correr y tirarnos bombas de nieve, nos sentábamos en el tronco de un árbol caído, fumábamos y bebíamos café o té de una planta marciana que sólo ella preparaba
volvíamos de noche a la casita y ponía el verano de Vivaldi, en vinilo
-para entrar en calor- decía ella
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(panacentaura de Marte)
-si el planeta es Marte, ¿ por qué sus habitantes son marcianos y no martianos ?
-¿ me pasás la sal ?
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-si el planeta es Marte, ¿ por qué sus habitantes son marcianos y no martianos ?
-¿ me pasás la sal ?
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(panacentaura de Marte)
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a veces salíamos a caminar. esperábamos el crudo del invierno para dos o tres semanas más adelante. según decía, luego sería casi imposible salir y de todos modos la mayor parte del Mercado Viejo habría emigrado a la zona cálida, creo que las costa que abarca Verlén y Nouvelle París. así que comprábamos fideos, latas de conserva, bidones de agua, leña, velas, ropa, encendedores y fósforos, libros flores, plantas, legumbres, vinos, frutas, hasta tuvimos la intención de comprar un televisor, pero a duras penas nos alcanzaba para gastar en cigarrillo como único lujo
-va a ser lindo el encierro- decía ella de vez en cuando, sin ironía alguna
yo creo que pensaba que abriría las cortinas y vería un desierto blanco rosado bajo el cielo morado, alguna forma de presagio o ridiculez
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