la patria prohibida









                 Nunca lo dejé tocarme. Él me pedía un beso y yo no le contestaba; él me agarraba la mano y yo me rascaba la cabeza. Él no se enojaba, no insistía, pero a veces me alentaba a que me dejase llevar y me librara de eso que negaba siempre la piel del otro. Eso sí, si lo elegí a él fue porque su mirada valía por todos los cuerpos que una vez me poseyeron y así se llevaron el mío; esa mirada que me dijo de él mucho más que su música y de un modo tan puro porque no había lenguaje alguno.
Primero acepté su mirada y luego lo elegí a él, después le negué toda mi patria y al final terminó aceptando mi palabra y mis ojos como único sexo

Y
aunque lo consideré violación, nada dije cuando la yema del dedo caía por mi ceja, hizo un espiral y se desvaneció en la comisura de mis labios. Nada le dije; acepté esa violación y fingí dormir, fingí mi muerte.















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