Gran Torso

Afuera se escuchan pasos de gatos. Adentro se escuchan gritos de gatos. Afuera se desconoce el valor de los gritos. adentro se valora el silencio. afuera el abandono es dolor. adentro el abandono es paz. Afuera no hay nadie no hay nada. adentro hay semen contenido. Afuera las alas de una nena limpian muebles. Adentro la nena pierde sus alas y pierde sus dedos y pierde sus dientes. Afuera la nena sonríe. adentro la nena se suicida. Afuera camino con piernas de hombre. adentro soy la nena sin alas. Afuera toco el cuerpo de una prostituta. Adentro soy la nena sin alas. Afuera tomo café miro televisión cruzo la calle. adentro construyo puentes entre dos ventosas. Afuera hay chelos. Adentro un gran torso se mueve como en puntas de pie. Afuera hay nombres y fechas. Adentro hay un acorde que suena. Afuera se pronuncia contra un muro la palabra amor. adentro soy. Afuera comprendo. Adentro soy la nena. Afuera . adentro. afuera el interior mancha todas las paredes, la nena, la prostituta, la televisión, la calle. adentro soy inmaculado. Afuera puedo caminar hasta cansarme. adentro utopía 8 123 rayuela corazón de cristal cristal de tiempo maldigo los estatutos del tiempo con sus bochornos cuánto será mi














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me doy cuenta de que la oscuridad me desfigura

en la oscuridad o mi ceguera, yo sonrío, porque no tengo cuerpo pero sí dos voces del horizonte, portadoras de sensaciones imposibles







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como un simio en la Luna

( una carta sin remitente… )






apenas un zumbido. un relato evaporándose tan propio como la sangre. el viento. las casas desde afuera vacías. la calle vacía desde adentro. cosas como la madrugada las horas un semáforo roto una mujer que sube y luego baja la caminata se juntan entre los dedos de los pies y traen el polvo para la sepultura

me dijeron que te habías ido al mar, y no les creí.
todos dijeron que ya no te veían y no volverías. recuerdo que pensé que todas las cosas estaban hechas para el engaño. mirame. yo viví a tu lado la vida más breve el cuerpo más extenso. absorbí de vos palabras como amor y felicidad y las convertimos en la maldición justa del deseo, y el extrañamiento ante aquellos que se conformaban con amar, y creían tener algo. pero no tan ingenuos como para pensar que algo así, entre dos personas ( porque sólo éramos dos personas ) podía durar algo. jugamos a lo que teníamos que jugar, como adultos irresponsables y olvidamos la vida, salvo esa brevedad y esa longitud. así te vi sonreír como mujer. todas las equivocaciones, todos los fracasos partieron de esa imperfección entre dos personas que no se tenían que encontrar y fueron paradoja. de tal modo sabíamos que nada importaba porque habíamos empezado por el accidente, por el lado del error y la desesperanza y en ello la libertad de obrar exentos de consecuencias y darnos permiso para estar locos y desnudarnos sin dolor y sin nadie. teníamos que olvidar todas las angustias hasta el punto de romper nuestra identidad, si era necesario. por eso te dejé en Necochea, el último lugar donde te toqué. te dejé inventando nombres como Alexis o Mauro, inventándote una vida que en algún lugar era la mía y estaba pronto a vivirla otra vez, como persona, como nene responsable y obediente, como veterano de guerra
todos los años después, el mundo dijo que te habías ido, que estabas en el desierto o el mar o la Antártida. en cualquier caso, en cualquier lado, donde yo no te pudiera encontrar. y que valga la pena, de esta carta en una botella tirada al mar. esta parodia de carta inhabitable. esta reminiscencia de la nada. debe ser nada, comprendés. tan lejos como puedas estar de mí es el único éxito de ésta relación impar. ( … ni firma )












y sólo así podía yo sobrevivir, sin que me diera cuenta, como un chimpancé en la Luna, o en la oficina. da igual. lo importante era el tiempo, todo el tiempo presente, como un recordatorio o una cuenta regresiva para el despegue, sólo que antes del cero había siempre un número más, siempre un número más que me separaba de lo que para mí era lo inevitable y evitaba todo el tiempo. o esperaba que sucediera por sí sólo. verme de repente adentro de una catástrofe de Girondo o confiar en la fraternidad y desesperación de algún maquinista que decidiera acelerar cuando debiera frenar. cosas que no suceden porque... porque es inexplicable el sentimiento de perdición. y el maquinista ( lo nombré porque existe, tienen un nombre, un cuit, un bar dónde reunirse ), en vez de cerrar los ojos como si estuviera en la Alemania del año cero y acelerar, aunque más no fuera por amor a mí, se queda perplejo y sin comprender, alimentando a la familia por cinco pesos o repartiendo esos cinco pesos entre la pensión con almuerzo y la puta del primer jueves de mes. está bien, no me quejo. hablo más por aburrimiento que por maquinista. o hablo por veterano de guerras tan silenciosas y anónimas homónimas heterónimas. está bien, no me quejo. me doy la chance de tomar un café a la media mañana y desfrutar viendo el humito y esperar que el jefe me mande a buscar algo tan lejos como pueda, del otro lado de General Paz, donde nadie me conoce y caminando bajo el sol me siento obrero chaqueño sin pasado más que el sol. y fumo. porque en ese momento no me queda más remedio que ser libre en la contradicción de serlo en medio de la jornada laboral y la puta que lo re mil parió.
sólo así vale la vida estando lejos de Necochea. pero tan cerca del acantilado capaz que una tarde me retracto de la destrucción y voy a buscar a Solange al mar, donde la supongo muerta abajo del fondo, atada a un piano. en silencio. porque, para gracia de todos, Solange no creía ni confiaba en las palabras. como aquella vez en que me dijo " hablar con vos es como tirarse un pedo mientras hacés el amor " y por cosas así yo estaba ( estoy ) convencido de que hacer el amor con ella es como pedalear en el aire y conocerla es de esas experiencias que querés olvidar sin culpar porque, por más de que no la hayas tocado nunca, sabés que esa locura es lo más cerca que podés estar de la felicidad. y a la vez, ese pedo coloquial, ese pedalear en el aire, esa forma de hablar sin sentido más que el de hablar con palabras que no sean palabras sino ruido. esa experiencia provoca un olvido tan maravilloso. valía tanto, en aquella época, abandonar a un hijo por una noche con ella, en el hotel o el acantilado. y juro que si lo hubiese tenido, ese hijo me hubiera entendido, deseoso, él también, de verla desnuda, un instante, para, al menos, disfrutarla solo, en la ducha.
Necochea ( y todo el viaje por la costa ) fue un manicomio ( y si hablo de esto es porque no tengo futuro y las palabras son inútiles ). recordar la locura es ser conciente de algo que había sido invisible hasta que le di la espalda. está bien, no me quejo. hoy paso al menos una hora por semana en el banco y dos o tres o cuatro en la plaza. no la busco en Buenos Aires, como un adolescente que no entiende de distancias y tiempos porque cree en eso que según dijeron se llama corazón , porque sería peor que llorar. tampoco la necesito, porque no me importa la felicidad ( que con ella no vale nada ) ni me da miedo la soledad ( que con ella es todo ). y si me emborracho de vez en cuando es porque no le pago a una mujer sin nombre para que me cumpla la fantasía y en el medio eyaculo en un preservativo dentro de su boca, porque no me gusta negar a la mujer en una mujer.
pero soy feliz. porque puedo decir cuantos peros quiera. y porque hubo un tiempo endemoniado en que lo perdí todo, como un Dostoievski enamorado del doblecero, y salté el acantilado agarrado de su mano. y te juro que no la estaba mirando a ella.

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él semejante a lo que es un vampiro en mi imaginación, semejante a un mosquito blanco, de rizos inadmisibles y patitas de vedette, la mira y le dice:

-yo… no estoy… bien

son tres afirmaciones en esa oración infernal. ella lo mira desde el reojo de la pena. una de las sensaciones más desoladoras es la de ver a un hombre tan lejano, tan alejado, tan convertido en caracol. nadie pensaría que Antonio o Santoro o Fernando es hermoso. al menos no en esas circunstancias, en ese transitar noches aberrantes en un bestiario invertebrado con los ojos multiplicándose por la piel como si fueran lunares, es decir, como si fueran enfermedades de la piel. ella ya no piensa en lo que pensaba la tarde de la playa y para él la tarde ya no ocupa pensamientos, ni siquiera un lugar en el mundo. entre sus manos, la anatomía de una sombra. podría atestiguarlo durante toda mi vida. podría dedicar mi vida a mirarlo como un astrónomo y como una mujer enamorada. podría recorrer todas sus fases con mis ojos sin decir una sola palabra, sin emitir emoción alguna, sin juzgar ni siquiera con el cuerpo aquél cuerpo desvaneciéndose. seguirlo por las grietas y los pliegues de la cortina en sus tangos más siniestros que Remo hasta que los asteroides que lo rodean lo dejen por fin, lo abandonen en su río y muera. quisiera atar mi vida al resto de la suya y ser mudo para él. después volver de la guerra del silencio, a casa, a mi burguesía, a mi forma de ser mentira y proyectar imágenes de ese Samsa leve y sin nombre sin cara y cierto









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ginger ginger ey ginger


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-me siento miserable… y hablo con vos porque no tengo a nadie más para hablar y a vos no te importa nada y yo esta noche me importo a mí y no tengo con quien compartirme

aunque quería matarla, pensé que era mejor no hacerlo. pensé en tantas idioteces cristianas que sentí asco de mí mismo, de Ginger, de su papá y la abracé. como 15 minutos antes me había dicho
-el médico me tocó las tetas… pero no como médico, como pajero. sabés, eso no me molestó tanto como mi papá, que cuando le dije, me contestó “deben ser cosas tuyas”
ahora se sentía triste y desprotegida, y sucia, porque de todos modos sabía que al médico fuera del contexto de ese consultorio, le hubiera dejado tocarle las tetas o las piernas o las nalgas o la boca. a mí me gustaba porque tenía los labios y las uñas rojas y odiaba a su papá y se odiaba a sí misma y sentía cierta indiferencia hacia mí, y eso la aislaba tanto que recibió mi abrazo como si fuera una aceituna. 35 minutos después, en mi mente había un mamarracho de birome negra sobre hoja lisa, era la imagen del sexo, de Ginger y yo haciendo el amor al lado de su cama, pero no en su cama, como marionetas de Kusturica. después le chupé los dedos, vi hilitos de baba entre sus labios esfumados y los míos manchados de ella, sentí el olor de su lujuria, me sentí médico fuera de contexto, donde se me permitía ser médico pero no pajero y la toqué con manos ocultas, le hice doler un poquito para besarla después, con labios tan tiernos, con tanta ternura, con una forma exquisita en mi boca de labios delineados naturalmente, besarla así y sanarle ese pequeño dolor y que sintiera un alivio lejano, superficial, tan lejos del otro dolor arcano y pollerudo











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las mujeres frias. III

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soy todos los objetos de ésta habitación

pegoteados a mi desnudez



siento ésta tierra que espera

siento esa noche guarda

un cuerpo bajo la cama

que antes fue nene y luego hombre

que después fue mujer y ahora ríe

ahora sufre

ahora toca como si su mano fuera la boca

y sus ojos la vagina





mirame por fin

vincular mi cuerpo con todas las voces oprimidas











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las mujeres frías. II










soy una desnuda

soy una cama que espera
soy una garza
soy el cuerpo de una mujer

de éste lado de mí el terror es apenas
una mano que asiste a mi ruptura
y la belleza es ese despertar bajo la mano bajo la ruptura
y nombrarme otra vez
como si no recordara nada


mi intimidad es la última patria






















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las mujeres frías. I








tengo esa manía de construír puentes entre un vacío y otro

para casar pordioseros debajo y en el interior


estoy desvariando

tengo una jaula en vez de manos

y en el interior los pájaros


éste es mi cuerpo

feliz y partido

en la noche de todas las mujeres y todas las violadas


con éste cuerpo cruzo el puente

y con éste cuerpo me caso debajo y en el interior








mirame por fin

vincular mi cuerpo con todas las voces oprimidas















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los niños de Boris Vian.












Nos conocimos en las circunstancias debidas, a la hora correcta, en el lugar indicado. El error pasaba por otro lado. Yo leía a Girondo, ella escuchaba a Ives. No entendíamos nada. Yo todavía creía que la infancia era un valor, hasta que Boris Vian… Ella había decidido ser una nena ciega para conocer el mundo que no se veía y dejarse llevar por la nariz, la oreja, las manos y pasar su lengua por todos lados. Hizo un comentario sobre mi perfume y no comprendí su mueca porque, fiel reflejo de sus ojos, homenaje al abismo y a la mujer, todo en ella era incomprensible. Nos entendimos muy bien al decir oscuridad, al escuchar la palabra “prostituta” en la boca del otro y decidimos que estábamos hechos uno de ciudad y el otro de vagabundeo. Decidimos empezar por el final y hacernos todo el mal a nuestro alcance. Armábamos frases con sujeto tácito, involucramos extrañas historias de países ajenos, nos alejamos hasta sentir la muerte del otro, comprender el valor fe lo que negábamos y ver la deformidad con que nos habíamos dejado. Luego de eso nos enamoramos. Yo la sabía fea, sabía lo hija de puta que había sido con nosotros y la había hecho conocer mi desprecio y mi indiferencia. Asumimos otra vez la ciudad y el vagabundeo, conocimos hoteles de Constitución y Flores, nos dejamos reír recordando las atrocidades y regalándonos collares y momentos, nos descubrimos como peces, como hábitat artificial de un secreto y nos dijimos que no queríamos la felicidad. Ni siquiera intentamos superar los problemas e inseguridades. Apilamos pesadillas en los bidets y bañeras de esos hoteles y seguimos adelante. Luego de ese final todavía reciente ella me había tomado la suficiente desconfianza como para preferir mirarme dormir a dormir conmigo. Una noche dijo: “nunca me vas a tener”, con voz alegre y sofoclesiana. No tardamos en decir la palabra amor como si la hubiéramos levantado del suelo, concientes de no haberla tirado nosotros. El sexo era nuestra forma pasiva de amarnos; el compromiso, la forma activa de dañarnos; la distancia era nuestro cuerpo. Pero también eso fue una decisión y una promesa que se rompió cuando la tercera vida se asomó por el pupo de ella y ya no supimos nombrarnos. Pero sabíamos que sería Cecilia y nos decidimos (una vez más) adultos y hermosos y todos los adjetivos que negaran el concepto, compramos una casita alejada pensando en un pasaje donde pudiera jugar a las siete de la tarde del verano. La gente nos veía sonreír con el corazón y creímos que nos acercábamos a esa pesadilla que creímos abandonada de un hotel de Bernal. Entonces vino el aborto y yo me asusté con un alivio íntimo y secreto. La fragilidad de Solange era tal que no creía saber cómo contenerla. Y volvimos solos otra vez a la casita de Floresta, con los ojos hinchados y pies descalzos de lluvia. En una noche cualquiera decidimos (otra vez, como si fuéramos dueños de algo) que ese embarazo había sido el error de nuestro encuentro, que la que no había nacido no iba a ser Cecilia y que estábamos mejor solos, conviviendo en esa distancia que cada vez se disolvía más hasta vernos en una habitación redonda buscando con desesperación la esquina, buscando la ventana de la tumba (pero decir tumba es demasiado) y siguiendo las huellas del otro como si fueran las propias. En un gesto de sinceridad que surgió de ella, nos reconocimos felices. Aquella noche dijo: “salud, dinero y amor”. Pero todavía sin ser adultos, bromistas, conocedores de las costumbres y mañas del otro y las de los dos, pero todavía autonautas de esa casita de Floresta, de ese barrio, de ese lunes martes miércoles jueves viernes sábado domingo horizontal y absurdo. Hasta que nos mudamos acá cuando nació Luciana.






















































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lo que se agota no es mi vida, sino mi humanidad

















alzo la mano en contra de toda ley natural y de supervivencia, en contra de todo instinto humano de preservación de la vida, y la dejo caer, como una daga con el peso de todas las vidas que me tocaron vivir, sobre mi pecho tan desnudo como si estuviera mostrado en televisión.






























































































estoy escribiendo una canción que se canta con los pulmones llenos de agua



( la noche )














ella vive en una guerra invisible.

las manos en África. entre balcones abiertos al suicidio y una noche que las contiene a todas:

la noche en que fue virgen

la noche en que fue el abandono

la noche en que fue el color de una tumba

la noche en que fue una nube de cocaína

la noche en que se refugió en la tormenta

la noche en que tocó un cuerpo que la nombraba

la noche en que tocó el piano

la noche en que no supo hablar

la noche en que escribió el poema

la noche del bar

el día en que murió

la noche del vino y el alfiler

la noche anterior

la noche de las carcajadas

la noche en que el susurro vino de otro lado

la noche en que no hubo llanto

la noche

la noche de manos que se apiadaron

la noche en el interior de una cámara oscura

la noche del hombre y el antifaz

la noche de todos los árboles vivos

la noche de los molinos petrificados

la noche de las piernas bebiendo de la fuente

la noche del último dolor

la noche que nunca olvidará

la noche en que las llaves cayeron

la noche de las ventanas increíbles

la noche de las voces

la noche en que parecía que no habrían más noches

la noche en que dibujó con los dedos la palabra de su mujer

la noche en que deseó ser ella en otra ciudad

la noche de oriente

la noche en que la vi sonreír

la noche que no se puede escribir

la noche invaluable

la noche de la memoria

la noche en que se soñó como una mantis devorando su propio cuerpo de chica

la noche en que no supo cómo dormir

la noche acompañada

la noche en que lloraron juntas

la noche junto al olor de la sangre

una noche de asco que no se recuerda

la noche en que se vio desde afuera

la noche que perteneció a sus piernas

la noche de las manos tibias y los payasos bondadosos

la noche en que miró otra vez esa fotografía y un cuerpo fue claro

la noche de los pájaros bebiendo su espalda

la noche de mimbre

la noche con un infierno y una música vistiendo

la noche

la noche masticando el río

la noche en viaje interminable y el miedo sobre la luna

la noche sin luna

una noche vacía de descanso y asombros desparramados y libros en silencio y tazas de café frías y los labios morados de besos con siluetas y la memoria amordazada junto a la cama donde yacía una mujer que la observaba y se oía tan profundo entre las paredes el piano y el silencio el inicio y los ojos cerrados solitarios flotantes

la noche que se mostró como la mejilla de una abuela

la noche de bordes deshilachados

la noche en que nos despedimos y leyó eso

la noche de la catástrofe

la noche en que los gusanos comieron de sus pies

la noche en que no supo

la noche apropiada para una palabra

la noche sumisa

la noche interminable

la noche sin fin

la noche eterna

la noche infinita

la noche que fue sólo suya y nadie desembarcó

la noche con nadadores en sus venas

la noche apretando los labios

la noche con su madre

una noche agotada detrás de las estatuas del parque

la noche de la usina

la noche amante de todos los bordes donde el agua toca

la noche donde mueren los lobos del parque y su llanto

la tarde en que te amé sin que lo vieras

la noche en que alcanzó la muerte que escribí para ella

la noche sin cazadores

la noche en que no estuvo

la noche que fuiste

la noche quebrada por dos maderas

la noche de la boca y el río

la noche huída

la noche comprendiendo la noche comprendiendo el inestable poder de las manos escribiendo la desesperación inadjetivable que vive como una mujer feliz donde ya no quedan cuerpos

la noche del camino y las panteras

la noche del bestiario sexual y el techo deviniendo

la noche culpable

la noche siempre

la noche conquistada por los sabuesos

la noche ausente

la noche llena de gritos que se elevaron con globos hasta vaciarla

la noche en que se concretó una catástrofe prometida

la noche del hombre de los ojos brillantes y los dedos de hierro

la noche ejecutando conciertos disparatados

la noche bajo el parque y al abrigo de los lobos

la noche de los caníbales y los nacimientos

la noche entre los dedos

la noche ciega y el cuerpo abierto a una vida insólita

la noche escupida por una muerte y una nena

la noche del vientre de araucaria

la noche vaciando fotografías

la noche enredada en el cordón de la vereda

la noche escrita para ser ésta muerte que te otorgo como un amor sin mundo

la noche en que comprendió

la noche encerrada bajo el árbol bajo los grillos desobedientes

la noche entera cabe en ese bar a esa hora en que ella

la noche mordida por la boca de la ruptura

la noche estampada en su frente como bandera de un veterano de guerra

la noche en que se escaparon las estatuas

la noche de África

la noche ente los estallidos

la noche consumida por las flores

la noche en una línea

la noche tranquila mirando los aviones en llamas

la noche en que su nuca fue atravesada por el tren

la noche de sus manos sintiendo el vino derramarse del cuerpo de él

la noche perdida entre las calles y sus muñecas trazadas en un mapa de

la noche solapada por su grito

la noche que ya no es posible escribir

la noche en que escribo todas las noches imposibles de una vida secreta. una vida perteneciente al otro lado. una vida que se roza todo el tiempo con la insinuación de final. herida en lo bajo de su espalda por el amor. imposible promesa que atraviesa las bocas de todos los huéspedes del británico y todos los muertos del británico y todos los juegos destruidos y los fracasos tan coloridos y un tablero de ajedrez superpoblado. semejante a un bosque de dioses petrificados y hombres que escaparon de la boca de ella petrificados y cuerpos de fotografía que ahuyentó ella petrificados y tantos instantes petrificados

sola en su balcón

en el último acantilado en el borde del mundo

los lobos obedecen a su respiración. asesinan al ritmo de su respiración

una ciudad herida por su mirada





















( se agota la humanidad )

( el tiempo )























































adolescencias.




































































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yo fui Kevin Arnold.

mis confesiones son éstas:


no me gusta ser yo

no me gusta vivir

no me gusta respirar

no me gusta tocar

no me gusta degustar

no me gusta caminar

no me gusta dormir

no me gusta hablar

no me gusta escuchar

no me gusta acompañar

no me gusta amar

no me gusta cojer

no me gusta eyacular

no me gusta despertar

no me gusta salir

no me gusta gozar

no me gusta acariciar

no me gusta masturbarme

no me gusta imaginar

no me gusta toda esta sangre llenando y recorriendo mi cuerpo siempre buscando salir por donde no hay puerta canilla u ojos


mi cuerpo es un mapa disonante. es una denuncia contra todo lo humano y es una oda a todo lo humano.















( sin espacio para más huecos )

polisombría

( fragmento )






-a mi me pasa de creer que estuve muerto durante algunos años, y nadie se dio cuenta. revivo y vuelvo y me hablan desde la última frase dicha antes de morir

-yo de hecho morí. pero jamás me enteré y seguí viviendo comosi hubiese muerto y no me haya dado cuenta

-a veces siento que volví de estar perdido muchìsimo tiempo. y sé exactamente adónde estuve. pero al llegar aquí, al estar frente a mí, me pregunto a mí mismo "¿ qué te pasó todo este tiempo ?"

-y vos te contestás que...

-...no. pero veo las cosas como si hubiese atravesado algo tan terrible que agota las ganas de hablar

-yo de hecho me fui. dejé a mis hijos y a mi mujer. no sé cuándo, no sé cuándo, ni donde. ojalá me estén esperando

-a mí me abandonó...

-¿ él ?

-no... no recuerdo si fue mi papá o mi mamá. esperé mucho tiempo ahí sentado. una señora de labios rojos y rouge en los dientes me hizo compoañía hasta que se dio cuenta de que me habían abandonado. entonces se fue











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las caras que se bifurcan.