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a veces, pocas veces, empiezo a acordarme otra vez de que estoy loca. y no puedo evitar las memorias de una joven informal, allá lejos y hace tiempo, recorriendo algunas sierras en San Luis o Córdoba y enamorándose de viejitas que riegan las plantas y jovencitas que llevan agua en baldes, en los hombros y tienen manos de trabajo y una panza de haber dado a luz a siete niños en cinco años y esa mirada de tierra y todavía una ternura inmaculada, esa ternura ignorante e inmaculada. de esas chicas me enamoraba yo. porque, de alguna manera, quería ser como ellas, ignorar toda la escuela y la ciudad y saber mirar el cielo para saber qué hora es. saber oler el viento y pronostirca la próxima forma de la lluvia y coger como sea que cojan ellas
              me es inevitable sentirme casi presa de este cuerpo, de ésta mente, de ésta forma de ser yo sin poder ser alguien más a menos que me enamore y ame como una loca, porque así amamos las mujeres. enfermizas y tan putas. sé que si amara al chico del edificio de enfrente, yo podría ser otra, podría ser cualquier cosa que él quisiera y que yo necesitara ser. podría irme lejos y usar sandalias y polleras confeccionadas a mano por alguna tía y sería dulce como una nena, con tencitas o dos colitas. le daría mi amor y no pediría nada a cambio. me desnudaría con pudor, juntando las rodillas, sin comprender del todo aquello que tiene él entre las piernas, esa dureza tan violenta que pronto se meterá en mi cuerpo y deshará mis cosas y desordenará mi habitación y mi cocina. pero al final le agradecería con un besito en la mejllla y mis ojos chiquitos y brillantes, casi vacíos, muy acuosos, como peceras y llenos de peces dando vueltas en mis ojos negros






























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