Los tallarines practicamente aterrizaron sobre la mesa. Y tengo que decir que eran spaghetti porque es lo que nadie olvidará. “Nadie” son mi madre, mi hermana y una tía cuyo nombre no recuerdo. Spaghetti, decía, que llegaron de la cocina, decía. Porque era raro que mi padre no llegara, ella preguntó:
-¿Y papá? Él dijo que venía a comer.
-Ya sé- dijo su madre- Estará retrasado. No sé por dónde andará.
Mientras, ella seguía cortando los tallarines. Era la comida lo que tenía peor gusto, y lo que hace a la memoria impar de ese día en que tocaron la puerta cuando estábamos comiendo. La hermana de mí atendió. Era un hombre de traje gris, y dos hombres de overall azul que los vimos después, cuando madre los hizo pasar. Antes de eso, mi hermana se acercó y dijo que traían a papá. Entonces madre fue hasta la puerta y habló con el señor de gris e hizo pasar a los hombres de overall azul y la tía y yo los vimos entrar cargando un féretro en el que descansaba el cuerpo abiótico de mi padre.
-Pasen- decía mamá- Pasen que estamos comiendo. Déjenlo por ahí.
Bajaron el féretro en el living, en el suelo, a dos metros de donde cenábamos.
-¿Quieren algo de beber?- les ofreció la madre de mi hermana.
-Sí- dijo el hombre de uveral azul.
-Sí, muchas gracias, señora- dijo el hombre de overall azul.
-¿Usted?- dijo ella ofreciéndole al señor de traje gris.
-No, muchas gracias. En realidad, ya nos retiramos- nos miró a los que estábamos en la mesa y dijo:- Buen provecho.
Nos quedamos mirando el féretro, ahí, abierto y Fiódor fue el primero en acercarse a él, moviendo la cola, mientras la tía me miraba y yo a mi hermana que se sentaba a la mesa y seguía comiendo. Madre abrió la puerta a los hombres de overall azul y al hombre de traje gris. Y a los minutos volvió.
Se sentó a la mesa con nosotros. Bebió un sorbo grande de vino tinto y ceremonialmente, madre anunció:
-Está muerto.
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